lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo treinta y tres.


Había pasado un mes. Un mes desde la primera y única pelea que había tenido con Liam. Y el día en el que me tendría que ir de Londres estaba más cerca de lo que nunca me había puesto a pensar. Sólo me quedaban 3 semanas en esa ciudad y no estaba preparada. No me quería marchar y dejar a Sophie y James. Pero mucho menos quería dejar a Liam. Cada vez que pensaba en eso, el recuerdo de las horas que pasamos separados llenaba mi mente y notaba un vacío en el estómago, el cual era más fuerte cada vez que pasaban los días.

A mitad del mes de febrero desperté en la cama de Liam y al verle allí, abrazándome completamente dormido, volví a experimentar ese vacío en el estómago mucho mas fuerte que nunca. Tuve que hacerme un ovillo en la cama debido al dolor que sentía.

-       ¿Te pasa algo? – Me dijo Liam, con esa grave voz matinal que, a pesar de escucharla casi todos los fines de semana, no llegaba a acostumbrarme.
-       Me duele la tripa. No es nada. – Me abracé a mí misma, intento soportar el dolor que sentía en mi interior, pero estar cerca de Liam me dolía aún más, ya que las horas que pasaba con él eran las últimas que íbamos a vivir.
-       Ven aquí. – Me abrazó aún más fuerte y me acercó a él, atrapándome entre sus brazos y haciendo que mi cuerpo encajara en la postura que él había tomado. – Hoy tengo una sorpresa para ti.
-       ¿Qué? – Pregunté olvidando lo que me estaba haciendo morir de dolor.
-       Que tengo una sorpresa para ti. – Repitió.
-       ¿Por qué? – Pregunté mientras me giraba para mirar de frente a mi novio. Le vi sonriendo.
-       Te lo diré cuando lleguemos. – Me besó la frente y se separó de mi.
-       ¡Eh! – Grité y tiré de su camiseta antes de que saliera de la cama, le obligué a tumbarse de nuevo y me lancé sobre él.
-       ¡Eh, Aza, que ya no puedo más!
-       Idiota… - Reí y le besé la nariz. – ¿Me vas a decir lo que te traes entre manos?
-       Ya te lo he dicho… - Puso sus brazos tras su cabeza haciendo que se le marcaran los bíceps. – Es una sorpresa que te diré cuando salgamos de la cama. – Sonrió y yo fruncí el entrecejo esperando más información. – Pero… - Me cogió por la cintura y me colocó bajo él con un rápido movimiento casi sin darme cuenta. No tenía escapatoria. – También podemos quedarnos aquí… - Me besó la nariz. - … Y revivir lo de anoche. – Se quedó a unos milímetros de mi boca haciendo que mi corazón casi se saliera del pecho.
-       Creo… - Tenía la respiración agitada y sabía que él se estaba riendo de mi. – Creo que, por una vez, prefiero la sorpresa. – Vi como se borraba la sonrisa de la cara de Liam y aproveché para robarle un beso. Cuando nos separamos, volvía a sonreír. - ¿No vas a decirme la sorpresa hasta que me levante?
-       No. No te la voy a decir hasta que lleguemos.

Saltó ágilmente de la cama y me dejó allí. Le vi entrar en el baño y me levanté de la cama. Recogí mi ropa del suelo y fui hacia el baño. Me detuve en la puerta observando la musculosa espalda de mi novio mientras se afeitaba. No podía dejar de mirarle, hasta que se dio cuenta de que le estaba observando y se rió.

-       ¿Qué pasa? ¿Has vuelto a arañarme la espalda? – Dijo mientras reía.
-       No, idiota. – Respondí sonrojándome al recordar que había arañado en varias ocasiones la espalda de Liam sin darme cuenta. - ¿Me dejas un poco de intimidad?
-       ¿De verdad? – Me miró sorprendido, ya que nunca le había pedido algo así.
-       Sí. Lo necesito. Por favor.
-       Está bien. Termino de afeitarme y te dejo, haré el desayuno.
-       Me parece bien.

Un minuto después estaba sola en el baño. Me metí en la ducha y dejé que el agua fría me relajara. Aún sentía ese vacío en el estómago, pero cada vez era más débil. La sorpresa de Liam había abierto un interés inusual en mi. Salí de la ducha, me puse el jersey rojo, los vaqueros y las botas que había llevado al cine la noche anterior y salí de la habitación aún con el pelo mojado. Encontré a Liam en la cocina, rodeado de los demás.

-       Oye, Aza, la próxima vez que te quedes avísanos para poner la música alta. – Dijo Harry mientras me guiñaba un ojo.
-       Eso. Que no he podido… - Bostezó Louis. – Pegar ojo.
-       La próxima vez os invito al espectáculo. – Respondí acercándome a la mesa y robándole una tostada a Niall, ganándome unos minutos de pelea de cosquillas con el leprechaun pero gané tragándome la tostada en un tiempo récord. Niall me miró enfadado y se volvió a por otra tostada mientras yo reía por lo bajo. Fui a la nevera y cogí un pequeño bric de leche y bebí. Liam me abrazó y me dio un beso en la frente.
-       ¿Estás lista?
-       Sí. No tengo ganas de secarme el pelo así que me pondré un gorro.
-       Perfecto. – Miró a los demás. – Chicos, nos vamos. Si Marco nos reclama, avisadme.
-       Vale, Leeyum. – Dijo Zayn.

Liam me cogió de la mano y me llevó hasta la puerta. Cogió el gorro, que dejé olvidado unas semanas antes en su casa, de la mesa de la entrada y me lo puso suavemente. Cogí mi abrigo y me lo puse mientras él se ponía el suyo.

-       Iremos en el coche, porque está un poco lejos.
-       De acuerdo.
-       ¿Ya no vas a preguntar más?
-       No. Porque se que no me dirás nada. – Sonrió. – Además, me gustan las sorpresas. – Le devolví la sonrisa y le di la mano. Abrimos la puerta y entramos rápidamente en el Mercedes de Liam ya que el tiempo ese mes en Londres traía nieve casi a diario. Liam puso su disco favorito, Justin Timberlake, y comenzó a conducir mientras yo observaba por la ventana esperando el momento en el que se detuviera Dios sabía dónde.

sábado, 10 de agosto de 2013

Capítulo treinta y dos.


Antes de que la lágrima que se me había escapado llegara a la comisura de mis labios, yo ya me había levantado de la mesa, colgado el bolso en el hombro, y tenía la maleta en una mano y la bolsa de Disney en otra. Salí lo más rápido que pude de allí mientras escuchaba como Caroline y Luke me llamaban. Choqué con alguien varios centímetros más alto que yo mientras salía de allí. Pronuncié un simple “Sorry” y seguí mi camino. No podía pensar en nada más que en Liam y en la idiotez que había cometido. No podía creer que le hubiera dejado en aquel hotel por un simple ataque de sobreprotección. Me sentí la persona más horrible del mundo. Quería a Liam. Con toda mi alma. Le quería muchísimo. Ni siquiera era capaz de recordar una pelea con él. Esta había sido la primera. Y había terminado de la peor forma posible: ambos separados y seguramente para siempre.

Seguí todo Oxford St. andando lo más rápido que podía, que no era mucho más rápido de un paso ligero, debido a una maleta, una bolsa, el bolso y los ojos llenos de lágrimas que no me dejaban ver nada. Giré a la derecha casi sin saber por qué lo hacía y acabé sentándome en el suelo. Apoyé la espalda en la pared y la maleta calló al suelo por su propio peso, pero no me molesté en recogerla. Y ahí fue cuando me vine abajo completamente. No pude parar de llorar. No sabía por qué lo hacía, qué motivo era el que me llevaba a llorar tan desconsoladamente, pero lo estaba haciendo. Tenía un dolor horrible en el pecho. Como si algo hubiera desaparecido y no debería haberlo hecho. Como si una parte de mi corazón hubiera dejado de funcionar. Lo peor, es que justamente había pasado eso. Mi corazón no podía funcionar correctamente sin Liam… Pero entonces noté que alguien tiraba de mi mano y me levantaba del suelo, lentamente, como si temiera que me fuera a romper, lo cual me sorprendí de que no hubiera pasado ya, pero no miré para ver quién era. Yo seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas y no era capaz de levantar la mirada por mi misma. Su cálida mano me resultaba familiar. El brazo que pasó por detrás de mi cintura parecía que estaba hecho para estar allí, perfectamente adaptado a la parte baja de mi espalda. Ese brazo me empujó ligeramente hacia el cuerpo de la persona que me había levantado del suelo. Y entonces, con la otra mano, me levantó la barbilla. Miré hacia esos brillantes y grandes ojos castaños que en ese momento estaban mucho más rojos de lo que nunca antes había visto y me perdí en ellos, como tantas otras veces me había pasado en los últimos meses.

-       No llores más, preciosa mía. – Liam me pasó el pulgar por las mejillas y retiró las lágrimas.
-       Ni tu. – Levanté una mano temblorosa y acaricié su mandíbula.
-       Pensaba que nunca te encontraría y al chocarte conmigo ni siquiera me has mirado. – Estaba tan en shock que sólo podía escuchar las palabras que salían de la boca de mi novio, quien me había arrinconado contra la pared. – Vi que Caroline y ese amigo tuyo, Luke, estaban en la cafetería. Ellos me gritaron que fuera tras de ti y yo no entendía nada. Ahora que te he visto llorar lo he entendido.
-       ¿Ah sí? – Pronuncié con la más débil de las voces.
-       Sí… Me quieres…
-       Te quiero…
-       Y yo a ti.

Se acercó aún más a mi, haciendo que mi cuerpo fuera la única distancia física que le separaba de la pared. Me levantó una vez más la cabeza sujetándome por la barbilla y me besó. Y lo hizo como nunca antes lo había hecho: era un beso cargado de amor. Nada de deseo o frustración. Simplemente amor. ¿Cómo podía saber eso? Ni siquiera yo sabía cómo explicarlo. Simplemente sabía que ese beso era mío. Y que nadie más lo había disfrutado.

Aún estábamos besándonos cuando noté que una lágrima se deslizaba por mi mejilla y llegaba a nuestros labios. Liam debió sentirla también, puesto que se separó y me besó lentamente la comisura derecha, justo por donde había desaparecido la lágrima y me sonrió.

-       No quiero volver a verte llorar.
-       Yo no quiero volver a ver tus ojos rojos.
-       Si no te separas de mi, no volverás a verlos.
-       Prometo no separarme de ti.
-       Yo prometo no protegerte tanto. – Fruncí el entrecejo ante esa frase y abrí un poco la boca. - Se lo que estás pensando, que no voy a ser capaz. Pero se que es lo que quieres: menos sobreprotección. Y lo voy a intentar. De verdad que voy a hacerlo. Pero por favor, no vuelvas a dejarme. Nunca.
-       No lo haré, Liam. – Sonreí como una idiota y le besé.